El
burro
Umpiérrez se levantaba, empezaba el mate,
encendía el fuego y ponía un churrasquito en las brasas. Después desayunaba y
se iba al horno de ladrillos donde trabajaba. Al mediodía se apartaba del grupo
de "cortadores" que hacían un fuego en común, encendía su propio
fuego, tomaba mate, ponía un churrasquito y almorzaba. De tarde, al rgresar del
horno, pasaba por el matadero, levantaba achuras, las asaba, tomaba mate y
cenaba. Luego se sentaba frente a la noche, fumando. Por el camino ciego que
moría en el horno, no pasaba nadie. A sus espaldas las tunas y cinacinas
borroneaban la noche. Después se iba a dormir.
***
Una vez Anchordoqui le preguntó:
-¿Pero vos no vas nunca al boliche?
-¿Pa qué?
-A jugar un truco... A tomar una caña...
-¿Para salir peliando después?
-¿Y las mujeres, no te gustan?
-¿Pa qué? ¿Para llenarte de hijos?
Anchordoqui seguía preguntando. Esperaba dejarlo
sin respuesta.
-¿Y perro no tenés?
-¿Pa qué?
-¿Como pa qué? -dijo Anchordoqui malhumorado-.
¿Pa qué...? Para tenerlos nomás, para lo que se tienen los perros!
-Para tenerlos nomás, mejor no tenerlos...
-Pero alguna diversión tenés que tener -dijo
Anchordoqui en retirada.
-¿Querés mejor diversión que vivir como yo vivo?
Esta vez fue Anchordoqui el que no contestó.
***
Con los vecinos se llevaban bien. A Nemesia la
lavandera, vecina de metros más allá, la veía cuando se levantaba. Ella le daba
los buenos días, arrimaba el carrito de mano, en el que llevaba las bolsas de
ropa al arroyo y al fin las cargaba. Alguna vez Umpiérrez la ayudaba a levantar
las bolsas.
Con Vera -el guardia civil lindero del otro
lado-, se veían a boca de noche, cuando regresaba de "el servicio", y
solían cambiar algunas palabras. Una vez que este estuvo enfermo fue a
acompañarlo. LLevó la pava y el mate y se sentó al lado de la cama, le preguntó
si quería algo y luego se puso a tomar mate callado.
Al rato Vera le dijo:
-Yo no hablo porque tengo la garganta mal...
-Quédese callao nomás -respondió él-, yo no vine
a hablar. Vine a acompañarle.
Así estuvo hasta que Vera se durmió.
-El hombre está dormido -se dijo-. Y levantó la
pava, puso el mate en un bolsillo y se fue.
***
Un día partió hacia la estancia de Ramírez. Iba a
hacerle cuatro "quemas" de ladrillo "por un tanto" con
techo y comida.
Al terminar le dijo a Ramírez:
-El trabajo está... Si no precisa algo más...
Ramírez le contestó que no. Le dijo -además- que
estaba muy contento con él y con el trabajo que había hecho.
-Le voy a regalar una manta de charque, medio
capón y una bolsa de boniatos.
-La cuestión es llevarlo -comentó él.
-Cargue en el burro y cuando llegue a su rancho
lo echa al camino...
-¿Y cabrestiará? -preguntó Umpiérrez.
-Pruebe...
Era un burro sin dueño y cansado de caminos, que
había llegado allí un día que encontró la portera abierta. Era de pelo gris,
con basteras que empezaban a pelechar, de orejas quebradas que le caían sobre
las quijadas.
El ensilló su caballo, cargó el burro y partió.
El burro emparejó el trotecito del caballo sin dificultad. Cabrestiaba que daba
gusto. Había marchado como una hora olvidado del burro, cuando se le ocurrió
mirar para atrás. El cabestro se había desprendido de la asidera, pero el burro
seguía la marcha como si nada hubiera ocurrido.
-¡Mirá! -dijo Umpiérrez.
Desmontó, sacudió la clinera del burro con simpatía,
ató otra vez el tiro y siguió camino adelante.
***
Llegó, desensilló, y luego de refrescar el
caballo lo soltó allí nomás en el potrero lindero al horno. Luego consideró que
el burro tendría sed. Sacó la lata de lavarse los pies, la llenó de agua y esperó.
-Sin duda el burro, después de beber -pensó-,
tomará el camino. Hambre tiene que tener...
Pero no. El burro bebió y luego se paró frente a
él, mirándole con curiosidad llena de ternura.
-¿Pero ha visto? -dijo Umpiérrez hablando para sí
mismo a media voz. Y tras un silencio:
-Umpiérrez, traéle un poco de chala... te trajo
el charque y el capón y los boniatos.
Y cuando él se aconsejaba, siempre aceptaba los
consejos.
Por eso fue a buscar un brazado de chala.
***
Al otro día cuando volvió del trabajo, encontró a
López -un español riquísimo dueño de medio pueblo-, parado frente al burro.
-¡Qué lindo animal! -le dijo y agregó-: Cuando yo
era niño y cuidaba ovejas en la montaña, tenía uno igual...
Unpiérrez pensó que López se estaba riendo de él
y del burro. Pero no, porque López siguió así:
-Mañana traigo a mis nietos a verlo y te mandaré
un saco de maíz y otro de afrecho.
Umpiérrez se quedó cavilando. Halló que la
actitud del burro con él, y la de López con el burro eran una cosa rara. Y
aquella generosidad, conociendo a López, más.
***
El iba al horno, venía. Se iba otra vez. El burro
lo veía partir, de pecho al camino, como hace un perro cuando se va el amo. Al
atardecer, cuando Umpiérrez volvía, el burro estaba allí esperándole.
***
Aquella tarde estaban López y Nemesia frente al
rancho.
-¿Qué pasa? -preguntó Umpiérrez.
-Pasa que los muchachos casi matan al burro a
pedradas. Si Nemesia no llega a tiempo... Mañana hacemos el alambrado y un
galpón de cajones...
***
Era un galpón abrigado, de piso seco, con olor a
pasto. Cuando llovía, Nemesia iba allí a lavar y a secar la ropa. Umpiérrez
cebaba mate para los dos. Un día ella se comidió para hacer la comida, y él
aceptó.
***
Anchordoqui terminó el comentario:
-No quería bichos ni mujer, pero el asunto es que
los tres se la pasan mejor que yo...
El disfraz
El flaco
Matías se paró frente a la vidriera. Allí estaba la careta de calavera. Era
cierto. Medina le había dicho que él mismo la había visto y que era el primer
asombrado.
—Mirá, yo
sé que caretas hay de todas clases. No hay cara que no tenga su careta. ¡Con
decirte que he visto la careta de Siete y Tres Diez!
***
El Flaco
estuvo con ganas de no creer. Siete y Trez Diez era un rengo feísimo y de mal
genio. No encontraba pareja para el truco porque al pasar la seña hacía reír al
compañero y de yapa se enojaba.
—Pero de
muerto, eso sí que no había visto… ¡Ni había pensado ver siquiera!
***
El Flaco no
había querido disfrazarse nunca. Le parecía una estupidez. Él no estaba de
acuerdo en hacer reír a los demás. Pero allí, frente a aquella careta sintió el
deseo de disfrazarse. Le había gustado quién sabe por qué. Entró y la compró.
El comerciante se la vendió muy barata, eso sí, le fue franco. Le dijo que no
la había tirado a la basura porque el deber de él, como comerciante, era
venderla y no tirarla.
—Lo que uno
compra es porque vale y el deber es hacerlo valer más.
El lo
entendía así, al menos. Sin embargo se la dio por poco más de nada.
—Bueno
—dijo el Flaco— ¿y esto qué traje lleva?
—¿Cómo qué
traje?
—¡Pues! ¿O
es que la muerte no tiene cuerpo?…
El asunto
comenzó a conversarse.
—Mire, si
quiere se pone un camisón blanco que vaya hasta el suelo. O uno negro.
Y agregó:
—Tiene que
llevar guadaña, también…
Si quería,
podía llevar bajo el camisón, un tarro con gusanos. Él había visto, siendo
niño, en España, de donde era, un hombre disfrazado de Muerte, que hacía esto.
***
En la
comisaría, cuando fue a pedir el permiso, le previnieron:
—Mire que
no se puede disfrazar de general, ni de cura… ¿Oyó?
—¿Y de
muerte? —preguntó el Flaco.
—Sí. Tengo
una careta de calavera.
—¿Es la que
estaba en la tienda de Pérez?
—¡Es la
misma!
Entonces el
escribiente le dijo que esa careta no se podía usar.
—¿Por qué?
—Porque es
una falta de respeto a la religión.
El Flaco le
dijo que no veía qué tenía que ver una cosa con la otra. Además, allí había un
edicto que decía: curas y generales. De la muerte no decía absolutamente nada.
—Muy bien.
Lo que usted va a hacer no tiene nombre. Reírse de los más sagrado. Reírse de
la muerte.
—Yo —dijo
el Flaco para terminar—, no es por reírme de la muerte. Es por divertirme yo.
Le dieron
el permiso.
***
—¿Pero vos
te divertís con eso, Flaco?
La careta
le quedaba bien. Además, según decía Medina, caminaba de una manera que hacía
juego con el disfraz.
—¿Cómo,
hermano?
No se podía
explicar.
—Vos tenés
un caminar que te viene bien pa eso… ¡Qué te viá explicar yo!… Cada uno tiene
su caminar, y el tuyo hace pensar en la muerte.
***
Él caminaba
como caminaba siempre. Miraba a las viejas y hacía un ademán con la mano: que
lo esperaran. Luego con la guadaña hacía un movimiento de segador. Allí en la
plaza, la gente se olvidaba de los gauchos, que barajaban haciendo un ruido del
diablo con sus machetes de palo, de los caballos que se deshacían materialmente
corcoveando bajo el azote de los taleros, y se agrupaban curioseando al Flaco
que avanzaba por el centro. Dos escoberos que se descaderaban bailando entre
unos cueros que les colgaban de la cintura, se quedaban sin concurso. Un
cristiano disfrazado de avestruz, se mataba disparando, exagerando el susto que
le ocasionaba el Flaco. Algunas viejas se persignaban.
Fue
entonces que un disfrazado de mujer embarazada, empezó a tirarle besos, cruzó
la vereda y tomó al Flaco del brazo.
Esto medio
hizo recobrar la alegría de los mirones. Los caballos volvieron a corcovear,
los gauchos siguieron la lucha y los escoberos recomenzaron su torneo de
zancadillas y quebraderas.
Pero la
gente, o mejor dicho, los vivientes, hombres y mujeres que acuden desde la
orilla del pueblo a la plaza, hasta que el Flaco no se fue, no estuvieron a
gusto.
***
—Pero,
decime una cosa, cristiano: ¿vos te divertís con eso?
—Sí.
—Yo no te
veo ni reír ni loquear…
El Flaco le
replicó que para divertirse no precisaba reírse ni hacer reír. A él le gustaba
ver la cara que ponían las viejas, caminar despacio y hacer aquel ademán que
quería decir que lo esperaran.
—Pero la
gente se te aparta…
—¡Pero si
esto es lo que quiere la muerte!… ¡Si esto es nativo del disfraz!
***
Pasaban los
años y el Flaco seguía siendo el disfrazado de calavera. Como los caballitos y
los gauchos, era una parte del carnaval del pueblo.
Aquel
entierro de Carnaval, el Flaco se encontró con una cosa que lo dejó asombrado:
en la calle diez o doce criaturas disfrazadas de muerte, hacían cabriolas
frente a la risa de la gente.
Sin duda
estaba mal que los niños se pusieran aquel disfraz. Y que hicieran reír.
Al volver
al rancho le dijo a Medina:
—¿Sabrás
que esta noche quemo el disfraz?
Sí. Ya no
valía la pena. La gente comenzaba a reírse de aquella cosa tan seria.
—Yo
extrañaré y el carnaval se acabará para mí. ¡Pero no nací para payaso!
***
Bajo un
cielo profundo, lleno de estrellas, en el más hondo rincón del fondo, ardía
aquel sudario que acompañó al Flaco durante años y años.
Él, frente
a las llamas que le encendían y desfiguraban el rostro, estaba serio, grave,
como si asistiera al entierro de un pariente.
El fuego,
al chamuscar el hinojal, perfumaba la noche.
¡Desde
lejos, como una marea, llegaba el rumor de la plaza ardiendo de gauchos,
machetazos, caballos corcoveadores y chinas vestidas de colorado!…